Leily

Leily es nombre de mujer.
Leily es nostalgia y futuro, es amistad.
A veces hacemos viajes para desconectar de nuestras circunstancias, de
nuestras rutinas y entornos, pero hasta en los rincones más inesperados y lejanos
podemos encontrar trozos de nosotros mismos, en las más inesperadas personas.
KOKO CHE JOTA se fue a vivir a China cuando tenía solo 16 años, para descubrir esa
verdad.
Saltar al vacío, a veces, es la única forma de salir de él.

Durante los cuatro primeros meses de su estancia en el país, que acabó
durando un año y medio, estuvo alojada en un internado que, en esos momentos, solo acogía
a niños asiáticos y, como era normal, no conocían una lengua en común con la que
poder comunicarse con ella. La única persona intentándolo en aquel lugar, era Leily,
que luchaba con el mínimo inglés para hacerse entender.
Casualmente, acabaron compartiendo un departamento que se dividía en dos
habitaciones con espacio común; y desde ese espacio en común se agarraron para no
caer.
Quien no haya sentido alguna vez la completa soledad estando rodeado de
miles de personas, quizás no llegue a entender tampoco el vínculo que puedes llegar a
crear con aquellas que, en mitad del caos, tengan tiempo para mirarte a los ojos.
Ella fue, realmente, el primer contacto con el país, su punto de apoyo; Llegaron
a entablar una relación muy especial. Se aprendieron y se emocionaron, se
compartieron, se abrieron, como si no pudieran enseñar sin aprender, ni regalar sin
recibir.
Más tarde, KOKO entró en la Escuela Alemana de Shanghai y acabaron
perdiendo el contacto. Volaron a través de distintas y lejanas realidades, aleteando, y
como un efecto mariposa levantaron brisas, que se unieron a través de vientos,
creciendo después en huracanes de arte, al otro lado del mundo.

De nuevo la casualidad, tal como las había unido en China, volvió a acercarlas
en Internet a través de una amiga, doce años después. Dicen que todos estamos
conectados por las relaciones que entablamos y que, de cualquier otra persona en el
planeta que elijamos, por muy inaccesible que sea, solo nos separan cinco personas.
Al fin y al cabo, sus vidas no se habían alejado tanto como habían creído. Siempre
habían estado a una amiga de distancia.

Leily se había convertido en artista de la música, poderosa mujer dueña de sus
vidas. Al igual que KOKO, había aprendido de sí misma, de su alrededor, de su propia
curiosidad, de su práctica incansable. Distintos caminos, pero una misma dirección. La
expresión, la emoción, un ancla en la vida de KOKO que debía tener un espacio único
también en su arte, y desde su arte.
La nueva colección, como no podía ser de otra manera, llamada LEILY, es una
colección transversal. No ha existido, pero que se ha ido creando mientras otros
proyectos, nacían y morían, con el paso de los años. Cada colección anterior tiene una
obra dedicada a Leily, pero ha sido ahora cuando KOKO ha descubierto que llevaba
años trabajando en este proyecto. Uno que engloba a todos los proyectos anteriores,
en los que había dejado un pedacito, migas de pan para poder volver por el carrusel de
su vida, una y otra vez.
Las obras son resultado de la pasión y las luchas compartidas. Homenaje a la
mujer que, sin saberlo, le motivó y le motivará durante toda su carrera. Personas por y
para las que merece la pena crear y vestir lienzos. Son obras llenas de capas y de
siluetas, de estratos y evoluciones, que te llevan de un lado al otro del pecho. Algunas
distorsiones psicodélicas, metamorfosis líricas de las formas, que se deshacen en
abrazos.
Y al final, lo único constante es la sangre compartida. Tanto vida como
mortalidad quedan guardadas en dos gotas que aparecen a lo largo de esta serie de
cuadros como símbolos del rojo más puro.
Experiencias y luchas compartidas, esta nueva colección es un homenaje a la
hermandad, a la sororidad y la empatía. Un canto a la amistad, una motivación de
compartir y de ser. Quizás el deseo de que haya más personas dispuestas a crear
universos a su alrededor, sin pedir nada a cambio, alguien como LEILY, capaz de
atrapar una sonrisa y convertirla en hogar.


(Gracias a Rafa Martin, por escribir mi historia con tanto cariño y sensibilidad)